13 nov. 2016

Anciana-Rex Paqueterita y La Entropía Atómica del Universo

La noche estuvo precedida por rugidos jóvenes de cambio y cánticos ancianos llenos de inercia. Ordené lo usual. Comí y bebí en el viejo lugar de pizzas de siempre, allá en el centro. Al terminar, observé el reloj y me di cuenta de la hora, pero fue día de la semana el que captó mi atención. Salí de mi casa sin ninguna otra intención mas que el estar afuera y el día era miércoles. Aproveché eso y me di una vuelta por los diferentes museos del primer cuadro de la ciudad los cuales permiten la entrada libre los miércoles.

Entré al primero, al museo de historia. La tarde había sido una particularmente fría para el inicio de un otoño. El viento otoñal estaba haciéndose notar por primera vez desde hace un año y, así como a las hojas, habían tomado por sorpresa y barrido con la gran mayoría del público, así que el museo, la etérea recepción, sus grandes alas y elegantes pasillos, se encontraban notablemente solitarios. Exploré la exposición temporal gracias a esto sin ningún inconveniente. La exposición tenía piezas y textos los cuales hablaban sobre la evolución de la moda y de los accesorios a través de los tiempos de la colonia hasta llegar a la guerra revolucionaria. Conforme los tiempos avanzaban, las estrafalarias vestimentas coloniales y la extravagancia de los accesorios iban perdiendo su brillo, el tono kistch, y su volumen vaporoso para dar lugar a ropas cada vez más prácticas y, en otro sentido, mas casuales. Al terminar la exhibición temporal, llegue a la galería permanente, más sin embargo no le presté la misma atención. Era bonito, si, pero el vagón de tren, las maquetas, las representaciones a tamaño real de ruinas y el inicio del partido popular ya lo conocía. Finalicé entonces de ver el contenido del primer museo y de ahí me pasé al siguiente, también de historia, y tras ese, al último, el cual era de arte de moderno.

La exposición itinerante del museo de arte exhibía las obras del alemán Otto Dix. En ella, dibujos, óleos y tintas reflejaban el brillo de una realidad de rojos y amarillos enfermizos y purulentos. Guerra, sexo y pobreza, siendo cada una dispuesta individualmente como una certeza de la condición humana. Viajaba de pasillo en pasillo y de cuando en cuando se asomaban nada tímidos, entre los horrores de la guerra y los charcos de sangre y semen, retratos y bellos paisajes hechos con gran técnica y precisión. Su belleza escondida entre la estridencia del resto de las obras solo hacía mas que resaltar su hermosura. Más sin embargo había un detalle importante. Tanto el carboncillo de la silueta de la mujer tirada, desnuda en el muelle, como el atardecer de viniles en un valle florido eran productos de los trazos de una misma mano. Eran hermanos hijos de una misma visión del universo. En cierta medida, el artista en su proceso creativo, se había convertido en Dios, fuente viva, origen de toda bondad y su espalda negligente por convicción o por falta, lejos de su mano, infinita maldad. El cielo y el infierno en una sala y Dix llevaba en su pincel, la batuta.

Salí de la sala mareado y con hambre. Mis ojos se tardaron en acostumbrarse a la falta de luz y mi cuerpo se estremeció con la primera bocanada de aire helado. Me reincorporé y caminé hacia la explanada cruzando la calle y volví a ver la hora. Era tarde ya, hora de ir a casa. Me dirigí a la parada de camiones de siempre y a lo lejos observé un grupo de personas de edad avanzada, agregados todos bajo la cobertura del kiosko central. Mi morbo se elevó rápido al verlos, era un número importante para la hora y la oscuridad, el frío y el lugar no eran los apropiados para personas de tal calibre, así que no tuve mas remedio que el ir a ver para saber que diablos estaba pasando con ellos. Para mi sorpresa no solo eran ancianos, solo eran mayoría en el grupo, había uno que otro joven por ahí en la masa de personas, y todos estaban escuchando a un orador principal. Era una sociedad civil, Frente activo se hacían llamar, y la junta se llevaba acabo debido al alza exorbitante anunciada en los precios del transporte público. Como persona que estaba a escasos segundos de utilizar el colectivo, naturalmente me sentí atraído por la conversación y decidí tomarme algo de tiempo para escuchar lo que tenían que decir. Hablaron de los diferentes aspectos que hacían difícil el control real de los precios, como los sindicatos, la falta de competitividad entre las empresas, la falta de infraestructura del gobierno para la renovación de servicio y demás detalles quizás más técnicos y burocráticos en los cuales honestamente me perdí. El hombre habló bien, con un dejo de sensacionalismo e histrionismo, pero se notaba su legítima preocupación en sus palabras, por lo que al final me acerqué con él y hablamos un poco:
- Hey, ¿como puedo ayudarles en algo? Algo que pueda firmar, ¿una petición formal... ?
En lo personal, no soy de gritar o de marchas. Lejos de mí están los días de pasión sobre una causa o una idea, y la poca chispa que quedaba, se agotaba en el frío mundo de lo cotidiano y lo laboral, pero si hacía algo aunque, sea algo mínimo, ya no me sentiría tan mal conmigo mismo.
- Si, aquí... mi nieta tiene este. Toma.
Me dio una pluma y la chica, la cual para ser su nieta, más bien parecía su esposa por el aspecto viejo y la respuesta servicial ante los comandos de su abuelo, me alcanzó la tabla con el pedazo de papel. Lo firmé y agradecí su preocupación por los problemas de esta ciudad, a pesar de que dentro de su discurso, él dijo que venía del sur.
- Alguien se tiene que preocupar por la ciudad. De donde vengo inició a haber cambios de este tipo durante una temporada, cuando era joven. Reaccionamos ante ellos a tiempo y no nos ha ido tan mal. Ahora el tiempo ha seguido, tengo familia aquí y vine para acá en mi tiempo como retirado donde las cosas han empeorado al parecer, pero yo ya no tengo energías como para hacer las cosas como se hicieron allá. Es por eso que permito que mi nieta me acompañe a estas reuniones, dice sentirse inspirada por mí. A veces quisiera que todos los jóvenes pudiesen ver en mí lo que mi nieta.
- Ya veo. Acá... además, siempre vemos al sur con cierto desdén, ¿no lo opina así?
- A veces... me aterra ver  a los jóvenes de ahora o al menos a los de esta ciudad. Tan ensimismados en su mundo que no parecen creer que es más grande que lo que la pantalla de su celular lo deja ver.

Seguí mi camino hacia la salida del camión que tomaría y en otra explanada del centro de la ciudad me topé con otra multitud de siluetas reunidas en medio de la noche. Esta vez, se notaba eran puros jóvenes, lo dedujo por sus ropas y el tamaño de sus cuerpos, los que se encontraban juntos y emitían una vibra similar a la congregación anterior de ancianos y padres de familiar trabajadores. En efecto estaban reunidos en un semicírculo y hablaban sobre la misma problemática, su grupo se llamaba Pueblo frijolero. Sin embargo el único tema que parecían estar discutiendo era la programación de una marcha para algún día en el futuro cercano. Días fueron barajeados, disponibilidad de unos, impacto para otros eran los puntos fuertes para escoger el tiempo adecuado.
- Oiga, disculpe -dije alzando la mano-, allá del otro lado, a un par de cuadras hay otro grupo de personas haciendo planes y estrategias para el mismo problema... no sería lo ideal que... si se juntaran... ¿su movimiento sería mas fuerte? Allá parecían tener un viejo que parece tener ya una idea de cómo hacer las cosas.
El que parecía a todas luces, el jefe, al menos moral, del movimiento
- No gracias, nosotros ya sabemos como hacer las cosas. No necesitamos ayuda de nadie.
- Claro.

Ya en la central de camiones me puse en línea y esperé parado a que llegase la ruta que necesitaba para llegar a casa. A lado mío se encontraba una abuelita, la cual trabajaba como cerillo en un supermercado y con la que también de vez en cuando intercambiaba uno que otra palabra. Nada profundo pero si solo lo necesario para soltar algo del gas acumulado durante el día. Algún comentario sobre el clima, le preguntaba sobre su día, qué tanto tiempo llevaba ya esperando el bus. De vez en cuando, parecía solo tener ganas de ir a casa y en su ansiedad tomaba un taxi a las afueras de la central y se iba a casa. Ese noche no sé que pasó pero la plática fue algo así:
- No si la cosa cada vez está peor.
- ¿Usted cree?
- Si. Las cosas... ya no es como antes. El otro día... asaltaron a mi sobrina, lo bueno es que no iba con mis nietos... pero la asaltaron, le quitaron todo. Ah, cada vez está la cosa pior. - suspiró.
- ¿Cómo le fue en el trabajo?
- Me fue bien.
- Ah, menos mal.
- Pero bueno, mejor ya me iré a casa, ya vi el taxi de don Juan.
- Buenas noches entonces señora.
Y así la señora se fue.

Supongo que es natural para ella ver que las cosas empeoran cada día, que conforme pasa el tiempo estamos solo peor y que la situación luce como si no fuera jamás a mejorar. Supongo que es solo una conclusión natural. Algo que fluye para ella, que le hace sentido. Cada día su cuerpo seguro le responde menos. El camino al trabajo se vuelve más cansino, el kilo de huevo ahora parece pesar más que ayer, mientras que cada vez es más obvio que los productos no parecen ajustar a las bolsas de supermercado. Para ella ese pensamiento es natural pero, ¿qué hay entonces para mí? Tomé el camión y me fui con esas ideas a casa, para seguro dormir para nada bien.


See you space cowboy!

30 ago. 2016

Reflexión miada sobre el tribalismo humano

La humanidad actual aún se encuentra en un estado primitivo. Básicamente aún somos una sociedad basada en el tribalismo paleolítico. Desde los niveles más básico hasta lo más complejos, la necesidad de autoreconocimiento lleva a las poblaciones a tomar un grupo de actitudes y sistemas como un precepto de pertenencia. Se comienza la búsqueda y fabricación de una identidad grupal. Desde este punto para acá, nosotros somos nosotros. Desde este punto para allá, ustedes son ustedes.

El racismo y la intolerancia religiosa son uno de los ejemplos aún más obvios, pero no por ello menos lamentables. Un cierto tipo de población será oprimido por sobre otro por aspectos meramente visuales o de espiritualidad y tradición convirtiéndose en años de daños y destrucción de una población entera entre seres que básicamente son misma naturaleza y materia. La mayor producción de una proteína en la piel, aunado a la capacidad de herencia de estos caracteres, al igual que la necesidad de búsqueda de la verdad a través de la fe de una pueblación determinó la vida de cientos y cientos de personas durante los primeros siglos de la humanidad a manera general y en menor escala en la época actual, por ser considerados inferiores o simplemente diferentes. En el presente, se ha hecho de lado esa idea y al menos en el mundo occidental de manera abierta. Un pueblo hecho en base a la multi-culturalidad que trajo el encuentro del viejo mundo con el nuevo fue más consciente a la apertura de la multitud de razas y religiones, con el paso del tiempo, claro está.

Los estratos sociales son formas más complejas de este fenómeno de diseminación de la especie humana. El modelo económico capitalista se encuentra planteado para sacar lo mejor de la especie a nivel técnico y en teoría también a nivel social, en cuanto a productos, servicios y mano de obra. Competencia, es lo que impulsa el desarrollo, a ser la mejor empresa en lo colectivo, a ser un hombre más preparado en lo individual. En esta línea, el modelo capitalista es el que mejor simula a la naturaleza. Si bien se encuentra la población alineada de acuerdo a las posibilidades adquisitivas, es debido a la naturaleza dinámica de la economía y a las mayores oportunidades de educación que algunos agentes de estratos menores pueden permear a puestos superiores en la cadena alimenticia. Más sin embargo, la necesidad del mantenimiento tribal va más allá de la libre competencia, y se impone por sobre del desarrollo personal, corrompiendo al sistema y a la naturaleza misma. Ya no es sobre la sobrevivencia del más apto. Apellidos se convierten con el tiempo en instituciones, y las instituciones se encuentran en función del status quo, legalizando el orden poblacional en orden social. Los sistemas de jerarquización nacen antes de esto para llevarle la delantera al crecimiento y desarrollo dejándola debajo del mantenimiento de unos pocos. Con esto dicho, una estado de instituciones sanas y competencia regularizada, llevará sus individuos a demostrar su valía traduciéndose en desarrollo económico y social.

Para el humano, no es solo suficiente con estar bien, estar cómodo. Aquél crecimiento o desarrollo espiritual, social y económico no cubre todas las necesidades humanas. En nuestra naturaleza y en la de toda criatura viva se encuentre la capacidad y búsqueda de competencia y. para que haya competencia, no solo debe de haber ganadores, alguien tiene que perder. La necesidad innata de compararse se encuentra en nuestra escenario salvaje de lucha por los recursos y la capacidad reproductiva. Así, una identidad y la necesidad de ella se transforman no solo en lo que esperamos unos de otros como asociados, sino en la identificación de grupos externos como enemigos. Nosotros podemos ganar, pero alguien tiene que perder. La deshumanización de grupos externos al propio no solo aumenta la capacidad de los que la practican de poder ejercer todo el daño posible a los primeros, sino justifican estas acciones y se observan como aceptables. Se convierten en parte de y reafirman su naturaleza e identidad.

Es que eres del norte, te tienen que molestar "los chilangos" y como hablan "cantadito". Es que eres chilango, debes odiar a "los de provincia" y como se la pasan gritando. La promoción y la continuidad de estas actitudes es, entonces, no solo un problema social, problemas de racismo, intolerancia o discriminación, sino un claro síntoma de la falta y la necesidad de evolución del humano como especie.

11 jul. 2016

Ella, aquella, esa, esta

Mujer.

Mujeres.

Mujer, mujeres, féminas, damas.

Damas.

Damas, mujeres, niñas, chicas.

Chicas

Chicas, jainas, costillita, funditas.

Funditas

Funditas, jainas, jainita, chiquita.

Chiquita.

Reina, mami, chiquitita, nena, .

Nena.

Escultura, diosa, ninfa, trofeo.

***

En el patio de recreo mujer era una pieza más, pero no por ello indispensable. Si te animabas y te acercabas a preguntar a veces te respondía que si, pero muchas otras veces decía que no. Regularmente, mas hombre que mujer aceptaba el querer jugar, para así contar con él y comenzar a formar equipos en el área de juegos. Esa era una tendencia notable y ciertamente extraña, la cual se acumulaba con otras peculiaridades no cuestionadas pero ciertamente notables por parte de mujer. Cabello largo, diferente uniforme de diferentes zapatos, yendo a diferente baño. Mujer era diferente, cierto, pero realmente no importaba mucho.

En las jardínes de descanso, mujer ya se comenzaba a congregar más y más y ya no se contaba con ella en lo absoluto mas que para intercambios casuales de información al final del ínter-tiempo. Su aislamiento las hacía cada vez más extrañas, misteriosas y complejas. Parecía ser ese mismo aislamiento el cual las hizo evolucionar de manera diferente. Sus siluetas cambiaron, a curvilíneas figuras en función del crecimiento de apéndices nuevos. Siendo estos de desproporcionado crecimiento entre su población, con individuos con mayor despliegue de estas características secundarias que otros. En general, y sin embargo, seguían siendo familiares. Parecían aún humanas. Conservaban características reconocibles, las diferencias cimentadas en su primera etapa, pero su camino había tomado ya otro rumbo el cual no parecía replicarse en hombre, el cual parecía solo ganar pelaje, altura y aspereza. Mis observaciones más adelante fueron confirmadas por una compañera.

Amigos y compañeros siguieron a mujer en algunos caminos y así mismo el caso contrario contrario. Estos nuevos pares formados desaparecieron para jamar ser vistos de nuevo.  Dúos mujer-hombre llegaron a surgir, recuerdo; antes, en los tiempos del patio de recreo, pero estas uniones terminaron sin resultados ominosos. Los cambios en mujer y hombre parecían estar relacionados a estas desapariciones. Pero no por ello, y a pesar de estos hechos, mujer parecía peligrosa. Al menos no en sí misma. Mujer solo era mujer. Y por sí misma no parecía desaparecer. Para un hombre desaparecer, al parecer necesitaba de un hombre. Para un hombre desaparecer, al parecer necesitaba de una mujer.

Más adelante, en los tiempos que solo servían ahora como muertos, mujer se convirtió en un reto. La última frontera. Una nueva necesidad llevó a muchos dentro de hombre, y entre ellos me incluyo, a buscar la formación de estos nuevos dúos gregarios fundamentales. Estos dúos, maduros, más allá de los cambios estéticos,  no parecían ya desaparecer, o al menos no de manera tan recurrente. Este cambio en el paradigma, hacía lucir más estables, seguros, y hasta placenteros estos equipos. Me embarqué, personalmente, en algunos viajes para conocer a mujer. Muchos de ellos, por inexperiencia fueron cortos y de finales desastrosos, apenas y pudiendo regresar de aquellas expediciones vivo, pero ciertamente habiendo terminado aprendiendo mucho.

Finalmente concluí que mujer solo era mujer. Lo que es más, mujer ya no parecía ser una intricada serie de cambios y mecanismos aleatorios. Al conocerle más y en la búsqueda de aceptación, mujer se convirtió en solo mujer y ya. Ya no hacía desaparecer a hombre y hombre no la hacía desaparecer. Ya no parecía extraña dentro de sus ropas diferentes. Mujer era una persona y ya. Una persona más a la que te acercabas en el patio de juegos, le preguntabas si quería jugar, y a veces decía que si, otras veces, que no.

12 jun. 2016

Dos cafés para uno

A- Voy a extrañarlos, ¿sabes?
B- Lo sé... y ellos lo harán a ti, seguro. Aún los verás en fin de semana.
A- Lo sé.
B- Estarán contentos cuando te tengan los fines de semana. Te lo aseguro.
A- Si -suspiro- no puedo esperar a invitarlos al departamento... les encantará la vista.
B- Lo sé.
A- Lo acabo de amueblar... no está quedando mal. Finalmente tengo ese librero que siempre quise.
B- ¿De verdad? Genial. Eso es genial.
A- Si.
B- Como... ¿los has visto? ¿Está todo bien? ¿Cómo lo ha tomado... ?
A- Ella está bien. El que me preocupa es...
B- Oh, Si. Ya... hablé con él el otro día... estará bien. No te preocupes.
A- Oh, bueno, si así es como lo ves, yo...
B- Si... así es.
A- Genial. Bien. Bien.
B- Bueno, eh, me alegra hayamos discutido esto como adultos que somos.
A- Así es.
B- Es correcto.
A- Adultos.
B- Ni más ni menos.
A- ¿No hay nada más... que necesites?
B- No, ¿tú?

***

Estoy observando el techo. Son las cuatro con treinta de la mañana y aún no puedo dormir. Creo que no lo haré sino hasta el día que viene. La cama es un mar inmenso, solitario y abrumador. Y yo, solo un títere de la marea que al cerrar los ojos,  será jalado por la corriente por sus hilos y siendo arrastrado al abismo por una marea fría, de pensamientos fatalistas, horribles, ominosos. La paranoia me mantiene alerta.

Es la mañana y estoy en un café. Observo a la gente pasar, mientras trato de controlar las puntas de mis pies las cuales han obtenido autonomía y no dejan de querer estamparse contra la base de la mesa. Solo algo las detendrá, algo que está más allá de mí.

Finalmente, llegas. Te ofrezco un café. Aceptas. Comienzan las largas -yo-, sacándole vueltas al asunto con plática superflua y vacua. Tú tomas la rienda, inicias con un -Entonces...- a hablar y el dolor inicia. Dices cosas que yo ya sé, de esas que me mantuvieron en vela la noche anterior. Millones de simulaciones en el lecho de mi habitación entre cambio y cambio de posición y nada se compara. Todo es más fuerte. Mas directo. Todo pesa más cuando sale de ti. Habíamos acordado discutir los términos y condiciones esa tarde, pero no me encontraba en posición de llevar una discusión, estaba desarmado. Mantenerte la mirada arriba era lo único que consumía mis energías y ni una palabra salía de mi boca. Acentaba balbuceando "si's", "aja's" y "claro's". No importaba, parecía no importante nada más que el vómito de miles y miles de quejas acumuladas en el transcurrir de ansiosos meses.

***
A- Nah... todo está bien.
B- ¿Quieres repartir la cuenta?
A- No.

2 abr. 2016

Carreras de galgos

Hace ya algo de tiempo, un día raro de esos en los que me sobraba dinero y ansiedad, decidí ir quemarlos yéndome a uno de esos bares a los que solía visitar antes de que obtuviera el trabajo en el periódico. Terminé entrando en el "Bob's hole". Nombre apropiado, porque parecía estar ubicado en el culo maloliente de algún obrero cuello quemado de clase media. La verdad es que se llamaba así porque estaba ubicado en el sótano de un complejo de apartamentos, pero mi versión de la historia me gustaba más. Escogí ese bar porque su giro punk, oscuro, liberal y todas esas corrientes que los jóvenes populares contra-cultura tienen de moda actualmente, así que probablemente no tendría que golpear mi camino fuera del bar ya que termine de embriagarme.

Bajo las escaleras y me adentro en el culo de Bob. Mesas desperdigadas por todo el lugar con sillas tambaleantes y una barra hacia el fondo, todo en madera de un barnizado oscuro que absorbe lo poco que entra de luz. Un hippie malencarado atiende la barra del lugar. Jamás supe su nombre o el porqué de su mal gesto. Quizás cuando la guerra termine, será cuando lo vea contento. Veo un montón de jóvenes. Están inflados de pensamientos e ideales más grandes que ellos mismos y el alcohol les afecta rápidamente. El hippie y yo somos las personas más viejas del lugar. Cada quién se encuentra en sus asuntos; liando porros, leyendo y escribiendo poesía, y lo único que me molesta es la pretenciosa música de fondo, pero nada que el murmullo del alcohol barato no pudiera apaciguar.

Me senté en la barra y pedí al hippie mi primera botella de Mustang oscura. Las rondas comenzaron a volar. Traté de hablar con el hombre pero no me pareció ser del tipo al que le guste entablar conversaciones largas, así que desistí y me concentré en mi siguiente botella. El hombre se alejó de mí para atender a otro grupo de chicos.

La música de sinsentidos de saxofón y ácidos solos de guitarra había comenzado a desaparecer cuando algo de momento terminó con mi trance espirituoso.
- Hey...
- ¿Disculpa?
- ¿Quieres experimentar algo, pop pop?- Era una joven que no parecía haber nunca conocido el sol y apenas haber alcanzado la mayoría de edad.. Una pequeña de contrastante cabello y cejas oscuras y expansiones en cada oreja. Toda cubierta en ropas y mallas negras que llevaba un pequeño morral de mimbre tejido.
- ¡Ja! No estoy interesado en lo que vendas. Guárdalo. Lo que sea que tengas, ya lo conocí, y lo que sea que creas que tienes de nuevo, ya lo viví.
- Pareces estar muy seguro de ello, ¿lo crees así porque eres el más viejo del lugar?- Miré a mi alrededor y verifiqué que efectivamente era el hombre más viejo del lugar, eso sin contar al hippie dueño del bar, pero efectivamente era el sujeto más anciano del lugar o aparentaba serlo.
- Mira, -dije en tono paternal, ya que para mí, la chica no parecía ser una usuaria habitual- esas cosas que tienes ahí son ilegales. Qué tal si terminas con esto y haces algo de provecho... ¡diablos! Zámpate todas de una vez y involúcrate en otros asuntos.
- No eres mi padre.- Soltando una sonrisa un poco irónica.- Sabes... me agradas.
Tomó un lugar a lado mío en la barra. Pedí una cerveza extra esta vez y le guiñé el ojo. Ella la tomó de la barra y comenzó a beber. Hablamos durante varias horas. Su nombre era Catherine, pero le gustaba que le dijeran "Cat" y solo vendía drogas por diversión y dinero extra. Trabajaba en una florería en el centro en las mañanas.
- Bueno, mi buena acción del día termina... diviértete.- Pagué mi cuenta junto con la suya y me levanté de mi incómoda silla.
- Espera, ¿eso es todo? ¿te irás así cómo así?
- ¿Qué esperas? Dijiste que no soy tu padre. Cuídate, y no te preocupes, no voy a denunciarte.
- Espera, ¿qué harás después? Es medianoche apenas... la noche es joven.
- ¿Y? ¿No se supone tienes un trabajo?
- El negocio es de mi tía abuela, puedo llegar un poco tarde. Jamás sería despedida...
- ¿Confías en ello?
- Si. Mi familia quiere que haga algo de provecho y como no estoy interesada en casarme todavía pues...
- Por supuesto.
- Entonces, ¿qué dices, eh? Quiero saber como se divierten los viejos.
- Bailan danzón y alimentan a las palomas en la plaza. Hasta luego.
- ¡No! Pero los viejos raros... los viejos como tú. Esos que van a los bares en medio de la noche y tienen gesto de los mil diablos.- Tomó de mi mano con sus pequeñas pinzas y me dio una mirada rápida de angustia y tristeza.- Además, no dejarías que una chica como yo ande por ahí en la calle a estas horas. Sola... en las peligrosas avenidas del centro.
- ... toma tus cosas. Ya saldrá algo pues.

Salimos del bar. La noche era de un cielo despejado, sin embargo de pocas estrellas. El neón ahogaba toda fuente de luz natural y hasta la luna parecía estar tímida de mostrar su pálido rostro. Ella aún llevaba su morral y me preocupaba algún chequeo repentino o alguna visita inesperada.
- ¡Hey! ¡¿En cuánto tienes a la señorita?!
- ¿Qué dice aquél ebrio?
- Nada que pueda interesarte, espero.
- ¿Qué pasa grandote? ¿Le temes a la noche?
- Tú solo camina.

Dejamos de lado el distrito rojo y sus edificios de departamentos y me tranquilicé más. A pasos rápidos le siguieron otros más cortos y relajados. Me encontré a un viejo conocido del servicio militar al doblar una esquina, a los alrededores de la estación de autobuses. Era un montacarguistas del periódico, con el cual recuerdo haber hablado varias veces en almuerzos o descansos, seguro terminó por aquí debido a los eventos de la huelga y el posterior recorte general de personal.
- Marcus, ¿qué te has hecho?
A decir verdad, no le quise responder que seguía en el periódico. Era de esos hombres idealistas que venían acompañados de una gran hiperactividad. Aún confiaba en el sistema, por eso se unió a la huelga. Decirle que aún seguía trabajando para ellos sería como aceptar que soy parte del sistema, lo cual en parte era cierto. Pero sobrevivir era sobrevivir.
- Ya sabes, algo de esto. Un poco de aquello. Son tiempos duros.
- Lo sé, lo sé, ¿y sabes por qué lo sé? Porque somos luchadores. Abriéndonos paso en cada oportunidad. Ruñendo hasta los juegos y agotándonos los dedos. Son tiempos así los que generan guerreros como nosotros. Hey, ¿quién es esta jovencita tan linda que te acompaña?
- Ah, su nombre es Cather...
- Mi nombre es Cat.- interrumpiendo.
- Puedes llamarme Carlton. Carl si así lo deseas. ¿Qué haces a lado de mi anteriormente compañero en la lucha?
- Quiero saber como se divierten los grandes.
- Ah, pues diversión... por aquí tenemos mucho de eso. Síganme, adelante. Quizás les interese algo de lo que tenemos por aquí.
Cat me miró y señaló de reojo a Carlton. Tomé eso como una afirmativa y seguimos a Carlton a lo que sea que fuese lo que el llama como diversión.

Entramos a un edificio de ladrillos rojos de aspecto abandonado. Ya adentro noté que si vivía gente ahí, pero más bien eran vagabundos aprovechando el techo sólido para pasar la noche y uno que otro departamento que efectivamente era una vivienda formal. Tenía un patio central rectangular con una fuentecilla en medio. Los alrededores de esta se encontraba cercados, marcando un doble perímetro, uno más pequeño que el otro, entre los pasillos del edificio y el centro del patio. En los pasillos, una veintena de personas se encontraba esparcida observando hacia el centro. Parecían estar esperando algo. Ladridos se escucharon de fondo.
- ¿Qué sucede?
- Ya vienen nuestros participantes de esta noche.
Una rejilla en uno de los extremos del patio se abrió. Eran 7 perros delgados, de colores grises y pardos que salieron de ella y ahora se encontraba en la línea de salida.
- ¡Pobres pequeños! ¿Qué les hacen?- Incrédulamente preguntó Catherine.
- ¿Esos pobres diablos rescatados de la calle? Los cuidamos, tratamos bien. Les damos de comer bajo un techo donde no les harán nada malo.- Fue respondida.
- Uhm... ¿y se hace buen dinero?
- Se sobrevive, si eso es lo que preguntas. Cuidar a poco más de 20 perros no es tan sencillo realmente- comentó entre sonrisas-. Más si los tratas tan bien como yo lo hago. Hasta parece que los malditos tienen sindicato, ¡jaja!
- Claro.- Porque todo se remitía al final a ello.
- Entonces, ¿se apuntan?
- ¿Algún consejo antes de iniciar?
- Observa su mirada. Algunos tienen la mirada de un campeón tatuada en el rostro.
- Por supuesto.

Miré a los perros y los vi como perros normales, cualquiera. Efectivamente se veían bien alimentados. Ninguna especie en especial, nada fuera de lo usual. Lenguas colgando, cuatro patas y una cola que iba de lado a lado. Aposté en la primera vuelta por el corredor bajo el número 4, cuyos ojos de venas saltadas llamaron mi atención, siguiendo las palabras de Carlton. Me puse cómodo en una silla plástica plegable. Cat me siguió y se sentó a mi lado. No parecía estar tan de acuerdo con el espectáculo por el dejo de angustia que su rostro reflejaba, pero la seguridad con la que se nos habían explicado el giro la dejó menos ansiosa.
- Así que, ¿esto es lo que haces en las noches? ¿sentarte y ver un montón de perros correr en círculos?
- Estabas ahí cuando el hombre dijo que no me había visto en meses... esto es nuevo, tanto como para ti, como para mí.
- Apostar con la vida... no me agrada la idea.
- ¿Tomar drogas no es a veces lo mismo?
- No lo entiendes.
La carrera inició bajo el imperceptible timbre de un silbato. Los corredores se cargaron a uno de los lados de la pista para acortar distancia y así recorrieron galopando a toda velocidad la pista. Ya tenían todo el asunto dominado. Este giro seguro debe tener ya varios meses. La carrera acabó y, como magia, BigJim, el número 4 había ganado en una combinación de gritos desesperados y de júbilo. Reclamé mi botín y di una vuelta rápida para revisar a los siguientes corredores y aposté de nuevo bajo la regla de Carlton.  Regresaba a mi silla cuando de camino noté que Cat ya no estaba sentada. O en el edificio en lo absoluto. Revisé varias partes del lugar, caminé todo los pasillos y alrededores pero no hubo rastro de ella, así que decidí salir a revisar fuera. Tomé mis cosas y me dirigí a la puerta. No me encontraba ni a mitad de salir del lugar cuando anunciaron al nuevo ganador. Era Furious D, el número 2, y de nuevo había salido victorioso.

Decidí mandar al diablo a aquella mujer y regresé por mi botín. Llevaba 8 verdes ya en la bolsa y parecía que la noche solo iba a mejorar desde ahí. Volví a tomar mi asiento, no sin antes agradecer de paso a mi nuevo mejor amigo, Carl, por el juego y el truco.
- ¿Teniendo una buena racha?
- Gracias por la invitación. Te has armado un buen espectáculo.
- Y a ti gracias por el cumplido. Algo de entretenimiento sano para estos pobres diablos no les cae nada mal, sobre todo en tiempos como estos.
- ¿No has visto a Cat por aquí?
- ¿Perdiste tu cita? Lo lamento, pero si. Recuerdo haberla visto caminar a la salida hace ya algo de tiempo. No te preocupes. Estará bien... parece el tipo de chica que sabe cuidarse.
- Supongo.
Ya en mi asiento, noté sobre el hombro, a un hombre a lo lejos. Con su mirada me había seguido desde que cobré mi segunda ganancia hasta haberme sentado. Tomé mis precauciones y pregunté por los baños. Ya adentro, aproveché para pegar una meada. Miré que no hubiese nadie dentro y tomé parte del dinero escondiéndolo en el zapato por si terminaba golpeando mi camino fuera. Era como en los viejos tiempos. Esperé hasta que anunciaran al ganador.

El número 2, Snobby, había quedado en primer lugar, y a mi me tocaba recoger otros 30. Pasé a la caja, que no era mas que la ventana de uno de los departamentos mas sin vidrio y un hombre cobrando, y eché un vistazo rápido. Ahí estaba aquél hombre recargado en una de las paredes. Mirando como me llevaba parte de lo que probablemente era su salario. Sonreí un poco, solo para añadirle sal a su herida e ignorándole con la mirada, sin embargo sabía que él estaría observando. Decidí no sentarme en donde me estaba quedando y tomar otro lugar más lejos de todo eso pero primero pasé al baño a dar otro depósito. El proceso de rutina y ya estaba a punto de irme cuando:
- Hey, forastero...
- Disculpa.- Era aquél hombre.
- Aquí no nos gustan los forasteros.
- Hermano, ¿ya viste este agujero? Aquí a nadie le gusta nadie.
- Sé que tú sabes algo.
- ¿Como qué cosas?
- Aquí nadie viene así como así y comienza a ganar una tras otra tras otra tras otra vez.
- ¿Quién sabe? Quizás es mi noche de suerte, ¿no lo crees?
- Pues yo no he tenido alguna de esas "noches de suerte" en semanas... y vengo aquí todas las noches... estudio a los animales. Los veo, casi tengo mi sistema... y luego tú vienes y ganas y ganas y ganas.
- Solo han sido 3 o 4 veces, ¿sabes?- Pero lo cierto es que, en su paranoia, tenía razón. Lo que yo tenía no era una noche de suerte.
- Te vi hablar con Hombre-trajeado. Él hace girar a los perros... así que no digas que no sabes, que si sabes.
- Deja de joder.- Salí del baño. Justo abrí la puerta, lo sentí como un escopetazo. El hombre me soltó una patada en la base de la espalda y de inmediato caí como un saco al suelo. El hombre comenzó a hurgar en mi pantalón y me tomó la billetera.
- Hijo de la...- Le solté uno recto en la quijada y su boca soltó una llovizna roja. El viejo cayó al piso temblando al momento que sirenas, azul y rojo, inundaron el ambiente.
- ¡Atención!¡Quédense en donde están! Esta es una redada. El edificio está rodeado.
Maldición. Lo que me faltaba.

Los perros comenzaron a ladrar y muchos corrieron a las salidas del edificio solo para encontrarse con una zona custodiada por autos de policía. Me pregunto si alguien realmente pudo haber escapado de eso. Bajé mi mirada y vi al hombre, temblando, pero consciente. Creo que se me pasó la mano, pero él inicio. Lo senté en una de las sillas plegables, lavé mi puño y me alejé de él lo más posible. Si tendría cargos, solo serían por apostar clandestinamente. Policías entraron y a punta de pistola metieron en patrullas a todo aquél que encontraban. Salí por mi propia mano del edificio y me acerqué a una de los coches.
- ¿Tengo que meterme allí dentro?
- Si señor. Está usted bajo arresto.
- ¿Bajo qué delito?
- Apuesta ilegal, promoción de la inmoralidad, alteración del orden público... crueldad animal.
- Por supuesto. Ok.
Subí la patrulla y creo que por haberme portado bien me tocó a solas en la caja del auto. Eso me alegró pero me hubiese gustado más haber visto a Carlton una última vez y ver su reacción ante el hombre tomando de nuevo el fruto de sus esfuerzos. Me pregunto que le habrá pasado. Quizás él hubiese sabido como zafarse de esa.

Terminó la redada y las patrullas estaban llenas de lo peor de la ciudad así que emprendieron camino a la jefatura de policía. Me encontraba sentado, siendo llevado de un lado al otro por la inercia del viaje pero en un momento de lucidez me di cuenta que no llevaba esposas, para variar, así que me puse lo más cómodo posible.
- Hey, ¿y si me dejas ir?
- No será posible señor. Tengo que llevarlo a la jefatura.
- ¿No hay manera de que me libere? Tengo que trabajar mañana.- Y es verdad que tenía trabajo mañana, pero muy probablemente despertaría con un dolor infernal dolor de espalda, así que de igual manera muy probablemente me reportaría enfermo.
- No lo creo señor. No insista.- Y me cerró la ventanilla.
Pensaba en que cada segundo que pasaba, mas me acercaba a la jefatura y a un par de noches que perdería en el trabajo. Se me acumularía el papeleo y mínimo serían 2 noches sin dormir para terminar. El dolor de espalda comenzaba a sentirse y solo quería salirme de allí.
- Hey, acá de nuevo.- Toqué a la ventanilla. El policía volteó al retrovisor y al reflejo agité parte de la ganancia de esa noche. Me dolería, pero en ese momento era una buena inversión. El policía bajó la mirada y siguió conduciendo.

Después de rato el auto en lo que parecía ser un área algo despoblada a las afueras de la ciudad le auto se fue deteniendo. Ya bajo de un puente, en un camino paralelo al río, la puerta se abrió de par en par y ahí estaba el oficial.
- Está bien señor... pero nada de juegos raros, ¿si?- El chico parecía agitado y me estaba apuntando con su arma, así que procedí a responderle lo mas tranquilo posible. Sabía que estaba haciendo algo malo y me dolía un poco el corromperlo, pero pronto mi dolor de espalda, el trabajo y demás tragedias me hicieron olvidar ese pensamiento.
- Mira, el dinero es tuyo si me dejas ir, ¿cierto?- Poniendo ambas manos arriba.
- Cierto.
- Ok. Solo me bajaré. Y caminaré hacia la puerta.
- Si.
- Y... aquí... estamos.- Ya con los ambos pies en tierra.- Tu dinero está allá adentro, en la esquina.- Y le señalé la caja del auto.
- ¿Cómo sé que no me encerrarás estando dentro por el dinero?
- ¿Cómo sabía que no me quitarías el dinero y luego me acusarías por soborno?
- Cierto.
- Ok. Vamos a hacerlo.
El hombre subió torpemente a la caja apoyándose en una sola mano sin dejar de quitarme la vista de encima ni la punta de su arma, arrastrándose hacia el dinero. Me hubiese quedado más tiempo viendo aquél espectáculo pero recordé que tenía que huir. Miré a lo lejos unos árboles y matorrales espesos que tenían una vereda y corrí hacia ellos.

Para la madrugada de esa noche, y como pude, después de un largo viaje por fin estaba en casa. Apenas y abrí la puerta y el dolor de espalda me derribó al instante. Para la mañana siguiente estaba crudo, cansado y con la espalda hecha polvo pero, y a pesar de todo, en mis zapatos tenía algo de dinero extra.

5 mar. 2016

Bukowski y la propuesta indecorosa

Esa temporada trabajé en el periódico a medio tiempo de revisor de notas editoriales y a tiempo completo era carguero de cajas en los hangares de repartición del periódico más grande de la ciudad.

La verdad es que una cosa llevó a la otra. De alguna manera, en una noche había terminado colándome en una de esas fiestas de abolengo, de esas a las cuales solo asiste la corriente intelectual de la ciudad y aquellos afamados emprendedores millonarios que sostienen sus vidas de excesos y estancias en el extranjero, solo para regresar de las Europas con palabras elegantes para temas sencillos así maravillando a sus amos igualmente vacíos.

Entre copa y copa, y seguro a más de una señora refinada incomodé, me fui yendo de círculo en círculo de escolapios apretados y títulos universitarios comprados. Finalmente terminé en el grupo del presidente de prensa y jefe de las editoriales. Era un hombre que no solo era inteligente, a como se supone lo eran sus contra partes, las cuales meneaban sus cigarrillos a medio acabar al son de mambos y música de arpa, sino que realmente era inteligente. Sus ojos eran los únicos que brillaban en el fuego del debate y en el juego de las palabras, y gracias a ellos fue que supe lo que realmente estaba detrás de él y que no se encontraba en nadie más en aquella noche en esa fiesta. Así mismo, fueron esos mismos ojos los que me vieron ahí, entre la multitud. Los únicos que notaron, debido a esa mayor capacidad, que yo no pertenecía allí y que algo había de anormal en mi presencia en aquella fiesta.

Se acercó a mí, y la verdad es en retrospectiva que pienso que me alegra que no hubiese llamado a seguridad, dado a que se encontraba en todo derecho, en su casa y en su fiesta privada, y le dije:
- ¿Qué pasa jefe? ¿Qué un simple monta cargas no puede hermanarse en el calor de la bebida?
El hombre sonrió y rápidamente entablamos una amena plática. Efectivamente nos habíamos hermandado en la bebida. Comunistas, hippies y yuppies volaron en los temas y demás trivialidades de las que se supone su periódico hablaba tan fiel como lo sería, y rezaba el eslógan, "el espejo de una nación". Seguro hubo muchas palabras más, pero las que se quedaron conmigo más allá de la nubosidad de la resaca, y me dieron el empleo, fueron algo en el estilo de:
- A los lectores les gusta sentirse listos sin la necesidad de tener que detener su lectura y buscar en un diccionario (lo que no saben)... el instante en el que lo están buscando solo los hace sentirse insultados. Esos son los periódicos menos vendidos y por lo cual las imprentas independientes y de izquierda se sienten tan abandonados por sus inversores acaudalados. A los escritores de verdad les gusta escribir con ideas; pero a los lectores de verdad (los que pagan por la suscripción cada mes, los que importan) les gusta leer doctrinas.

Creo que el hombre notó en mí mi gran capacidad de detectar tonterías y poder convertirlas en algo digestible. Así pues, llegamos a un acuerdo. Yo tomaría las lecturas de su gran portafolio de intelectuales a manera semanal, y limaría las asperezas para hacerlas mas amables a los ojos de sus tan apreciados lectores, sus lectores de verdad. Ya bajo esa premisa y mi nuevo turbio contrato, no pararía de igual manera de trabajar en las bodegas de repartición del periódico. De igual manera, había contado con ello, no saldría de aquél infernal lugar. Pero el dinero extra no me molestaba. Contaría con una nueva máquina de escribir y todos mis insumos necesarios para la lectura y preparación de las nuevas y políticamente correctas editoriales del periódico con cada nuevo mes, de las cuales tomaría prestado de tanto en tanto para mi discurso personal. Pensé también, conforme llegaran los nuevos cheques a mi puerta, podría por fin cambiarme del pequeño agujero de paredes tambaleantes en el cual me encontraba actualmente.

Inició mi nuevo trabajo. Pasaron las semanas y comenzaron a llegar a mi puerta los cheques extra acompañados de paquetes con las editoriales enteras para su delicado trabajo de maquillaje. Y cada semana era lo mismo. Me destrozaba la espalda en la madrugada con kilos de papel fino, y en la noche me destrozaba los dedos, muñecas y la cabeza con kilos de palabras burdas. Comencé a tomar mas que lo de costumbre. Necesitaba algo de estímulo para cada semana terminar con nuevas ideas para esas mierdas a las cuales llamaban pensamiento intelectual. Gané algo de peso extra y mis ojeras comenzaron a hacerse más notorias. Llegué a considerarme la verdadera mente maestra detrás de aquella sección del periódico. Quizás, y en mi enagenación alcoholizada, y con el paso mismo de los meses me iría convirtiendo yo mismo en "el espejo de una nación".

- Qué espejo tan más fúnebre, ¡jaja!
Reía para mis adentros mientras seguía matando a mi máquina de escribir reluciente, ahogando con palabras suaves pensamientos agudos.

Un día, de entre el correo habitual, llegó una carta extra a las que recibo de manera acostumbrada. La dirección del remitente pertenecía también al correspondiente al periódico, más sin embargo no se parecía a la carta de cheques y definitivamente no era un paquete editorial. Abrí así pues la carta con la misma curiosidad con la que la noté de entre mi correo y decía algo así:

***

- Estimado Henry
Yo sé quién es usted, mas sin embargo yo sé también que usted no sabe quién soy yo. Lo he estado viendo desde aquella fiesta en Hill County, y desde ese día mi mirada y pensamiento no ha dejado de estar lejos de usted. Sabe, sé que usted está detrás de muchas de las argucias las cuales han estado colmando últimamente al periódico. pero también sé que usted es uno, como las decenas, también de las personas que en sus hombros anda cargando filas de diarios cada mañana en el periódico. 

Me tiene intrigado. Es demasiado bajo y luminoso como para la vida allá abajo en los almacenes, pero es demasiado rudo y osco como para la vida acá arriba detrás de las mecanográficas.


Es un misterio, y lo quiero resolver. Me tomé la libertad de tomar su número de entre las oficinas del periódico, espero que no le moleste. Si responde que si a este correo bajo mis indicaciones, yo le contactaré y podríamos agendar una cita en el futuro.

Un saludo a usted, mi intriga de espaldas anchas.

[Firma de lo que efectivamente era una mujer]

***

Terminé de leer la carta y la puse sobre mi pequeño mueble de cama, afirmada bajo el peso de mi último riedel. Pasé la noche sin escribir nada, con la espalda hacia arriba siendo acariciada por el ventilador de techo. Había sido un día particularmente caluroso y la bodega no ayudaba en nada a querer terminar el trabajo. Debido a esto último, para la mañana siguiente tomé la máquina de escribir y varias de las editoriales y me las llevé al trabajo. Terminando de mover el periódico me iría a algún lugar donde nadie me jodiera y me pondría a terminar esto. Un noche menos, como me di cuenta, sin escribir y la remesa entera de una semana se podía ir al demonio.

La mañana llegó y los camiones parecían interminables en su llegada, así como interminables en el hecho de que no parecían llenarse nunca de los condenados periódicos. Terminé por fin y a fuerza de orgullo los lotes y lotes de diarios. En cuanto pude, me lancé a mi casillero. Por la prisa y me alegro de ello, dejé colgado en su palabrería habitual a mi jefe de los cargueros, aquél míster Jones, hombre de bigotes de serrucho y overol permanente. Busqué en el edificio alguna esquina tranquila lejos del rugir de los camiones y el trastabilleo de los diablos de carga y comencé el proceso de lectura-escritura. El fervor del haber previamente movido una monumental cantidad de peso encima debió haberme afectado de alguna manera y en menos de lo previsto ya tenía un par de escritos fuera. Todo sin una gota de vodka. Me sentí orgulloso de mi mismo por un instante y troné mis dedos, aún cálidos de la intensa sesión de mecanografía.

Miré el reloj de pared y me di cuenta que contaba con tiempo de sobra, algo que no tenía ya en mucho rato, lo cual últimadamente me llevó a pensar y dejar volar el testa. Varios temas pasaron por mi mente, recordando así, la última gran plática que tuve, y ebrio para variar, con mi nuevo e inesperado jefe actual. Entre lo poco y lo mucho, aquella carta pasó por mi mente. Y si, efectivamente, el ocio es la madre de todos los vicios. Con mis dedos, que permanecían con ritmo, comencé a escribir mi respuesta:

***

Estimado/a desconocido/a
(Aún jugando con la idea de no saber de qué se trataba)

Si usted se mantiene en intriga, déjeme hacerle saber que usted me tiene a mí aún más en ascuas, ¿quién es usted y por qué me ha seguido estas semanas? ¿está segura que soy yo lo que que cree que soy? ¿o que soy yo lo que usted cree? La verdad es que quizás yo no sea lo que usted cree que soy y yo creo que usted es lo que yo creo que usted es.

Ya terminemos pues y entonces con estos jugueteos de jardín de infantes para que usted atienda lo suyo y yo siga con lo mío. 

Esto quiere decir que si, y si así usted lo desea, llámeme. Llámeme y desiluciónese de lo que tenga que desilusionarse que yo reafirmaré lo que ahora mismo estoy afirmando.

Un saludo, su desesperado de hombros encogidos

[Aquí firmé con una equis (X) emulando su formato]

***

Terminé la carta y la dejé en manos del sistema de correo interno del periódico. El día transcurrió y de camino a casa compré un nuevo juego de cristalería para celebrar mi maratón de escritura. En la fiesta personal, se rompieron unos 4 vasos, pero hasta el día de hoy, le sobreviven unos 8 en la alacena. Creo.

10 feb. 2016

El crepúsculo de las cucarachas

Ya habían pasado un par por ahí y por allá. Entre mis piernas, cajas y aparatos y de un lado al otro, sin embargo, por más que me causen repugnancia, estaba demasiado concentrado y además sabía cual iba a ser ultimadamente su destino.

Una pasó cerca de los pies de Sofía, compañera y amiga la cual comparte mi odio por ellas e instintivamente pegó un grito al aire:
- Waaaaaaaaaa... mátala, ¡mátala ya!
- Ay, ¿ella? Pobre... lo haré, claro... -hablaba conforme cumplía su petición- pero solo para acabar su sufrimiento.
- ¿Cómo?
- ¿No crees que es raro que esté caminando... a plena luz del día? Bueno, ¿de la iluminación del laboratorio?
- ... ¿cómo?
- Son seres lucífugos... es decir, de la oscuridad. Un ser aclimatado para esas condiciones solo saldría al mundo iluminado para ser encontrado. Morir. - dije mientras completaba mi misión, sin dejar de presionar en su cuerpecillo, dejando escapar un leve sonido de crujir.
- Entonces, ¿por qué está afuera?
- Bueno, hace tiempo ya hablaron a los de mantenimiento, movieron todo, fumigaron, colocaron trampas y ahora estamos, por unos meses más, a prueba de alimañas. Y bueno... pues ya respondiéndote, justamente para ello. Morir. El truco aquí es que hace unos instantes no lo sabía. Lo único que supo en sus últimos segundos... es que algo estaba mal. Un organismo tan sencillo como nuestro amiguito ahora mismo despedazado bajo mi zapato -recitaba manteniendo mi pie sobre el insecto- solo está movido por el instinto... y las condiciones naturales de su ambiente, el cual le da los medios necesarios para llevar a cabo lo que le dicta este primero. Agregamos a su ambiente un agente extraño, y no solo extraño; sino también contrario a su a lo que dicta su instinto, en esta caso el insecticida... ahora están envenenadas. Su inconsciente sabe que sus días están contados... mas sin embargo su instinto lo lleva a continuar. Sobrevivir. Tratar de sobrevivir. Ahora mismo se encuentra en una contradicción. Una paradoja tan compleja para su acondicionamiento que solo lo puede llevar a cometer un error. Un error fatal. Series de decisiones las cuales le han llevado al punto final en el que se encuentra... presentarse ante ti para inmediatamente saborear la suela de mi zapato. Ha salido ahora a la luz, contrario a lo que su instinto manda y atacando a la fundación misma de la vida. Miles de años de evolución... ahora bajo mi pie solo por un cuantos mililitros de químicos en aerosol.

Tomé su cadáver desde una antena con una servilleta sobre mi mano y lo arrojé al cubo de la basura para que ya no incomodara más a nadie, incluyéndome a mi mismo. Regresamos ambos a trabajar y ya no le dimos importancia al asunto. En la mañana del día siguiente los encargados de limpieza hicieron su rondín, aseando el lugar y recogieron la basura. Ya no se volvió a hablar del tema.