28 jul. 2012

Rosas en el Mar

Estoy en la parada del metro esperando por ella, he llegado con algo de tiempo de sobra. La última vez que nos vimos llegué tarde por un par de minutos y no dejó de hacer comentarios al respecto aquella cita.

Doy vueltas en círculos entre andén y andén. Me coloco la mano sobre mi pecho y mi pulso está por las nubes, como se me ha hecho costumbre en los instantes antes de verle. Trato de controlarme... también una vez que salimos me hizo esa observación. Pero es más sencillo llegar temprano, así que por el momento, solo una cosa a la vez.

Es así que me llega la hora en la que acordamos vernos y ella no aparece. Los latidos siguen igual de fuertes y el hecho de que haya llegado con minutos de sobra ya no importa más.

La gente sigue saliendo y entrando a los carros del metro, se cuentan por decenas y podría salir de cualquier lugar, de entre cualquier abrir de puerta o escondida en la multitud. Siempre me he considerado bueno para reconocer rostros y personas pero con ella no.

Ella me atrofiaba aquél instinto e inhibía mi vista... quizás podría ser aquella chica del vestido rosa pastel. Pero unos pasos más revelaron que no era así. Sigo dando vueltas de lado a lado de la estación, miro en todas direcciones y...

- Quizás es esa chica de blusa color café y pantalones azules porque quería hoy sentirse casual.
- Quizás ahora mismo está viéndome en secreto porque encuentra graciosa mi obvia desorientación.
- Quizás es aquella, la de mochila gastada y sucia, porque es muy floja y descuidada con sus cosas.
- Quizás por fin quería revelarme que por dentro es una otaku y es la hembra de playera de Death Note y bolso con muchos pines diversos de animé.
- Quizás hoy despertó increíblemente pequeña.
- Quizás es la chava del peinado desordenado y ropas olgadas porque quiere asegurarse de que me agrada sin importar la forma en la que esté peinada.
- Quizás hoy haya decidido vestirse completamente de negro porque quiere revelarme que es un ser oscuro y de gustos metaleros.
- Quizás es la que está acompañada de esa chica porque se la topó en su mismo vagón y piensa que es desagradable decirle "Perdona, es que ya tengo un plan... y no es precisamente con un amigo."
- Quizás no es nadie porque simplemente decidió que no quería verme hoy.
- Quizás es aquél sujeto hombre.
- Quizás el vehículo en que ella viajaba estalló en llamas y yo soy el único culpable de su muerte al haberla invitado a salir.
- Quizás es aquella señorita del cabello de colores porque hoy se despertó queriéndose sentir la Ramona Flowers de mi Scott Pilgrim.
- Quizás sea la mujer que lleva el paleacate, perforación en la nariz y blusa ombliguera en un ataque de antojo de barrio.
- Quizás es la chica de la falda demasiado corta de mezclilla y escote pronunciado porque espera impresionarme luciendo de manera atractiva.
- Quizás hoy despertó increíblemente gorda.
- Quizás decidió que ya era hora de que conociera al hijo que trae en brazos ahora mismo.
- Quizás ahora mismo está escondiéndose de mí para tomarme por sorpresa por la espalda y cerrar mis ojos.
- Quizás hoy despertó increíblemente asiática.
- Quizás piensa que ya es tiempo de que nos veamos con otras personas y es aquella chica que va de la mano de aquél sujeto.
- Quizás simplemente esté llegando tarde porque está llegando tarde.

25 jul. 2012

Defectivo

Dinero, dinero, dinero.

Varo, feria, morralla, efectivo, créditos y capacidad adquisitiva.

Desde chico siempre tuve grabado en mi mente la idea de que el dinero era la causa de todos los males.

La fe del mundo, dirigiese a donde se dirigiese parecía estar emparentada a la cantidad de ella que se debía la gente entre sí. Y ya en un nivel más familiar al mío, la falta o el exceso de él siempre era un problema.

Si había exceso de él, te volvías en un avaricioso, tomabas un gusto por él y estabas atado a la búsqueda de querer más y más. Ya si había una falta de él...

Fue duro crecer de niño con mi nivel socio económico. No lo digo porque alguna vez hayamos pasado hambre, falta de servicios básicos o hubiese habido deudas con crecimientos exponenciales. Por alguna razón rara, de los pocos amigos que llegué a tener durante primaria y secundaria, la mayoría, sino es que todos ya tenían en casa una consola de videojuegos y en sus manos, había un GameBoy Color o ya más adelante, un Gameboy Advance.

Tampoco había escapatoria de ello en vacaciones. Mis tíos y tías siempre tuvieron muchos más ingresos de los que hacía mi padre. Así que la estadía durante vacaciones en sus casas siempre se fue para mí en una mezcla de diversión culpable con incomodidad verdosa, viendo hacia el suelo durante las noches, desde la ventana de algún cuarto del segundo piso de alguna de sus casas que visitáramos.

Me sentía culpable por sentirme así, y apestaba sentir eso hacía tus amigos y familiares.

Así fue muy sencillo para mí crear una especie de complejo de inferioridad basado en el dinero que tenían los demás, el cual se sumó al ya en camino paquete de inseguridades de la pubertad.

Así pasaron los años y, con el tiempo y muchas otras cosas más, el temor fue desapareciendo y aquella inferioridad fue siendo re-emplazada por otros miedos e inseguridades que fueron surgiendo durante mi camino hacia la edad adolescencia y con sus respectivos cambios de perspectiva del mundo.

Más recientemente, esa ansiedad volvió a aparecer en mí cuando llegué a la ciudad y empecé a tener salidas con mujeres que apenas y conocía. Uno de los riesgos que se tienen es que nunca sabes cuáles serán los estándares de dinero a gastar por salida y había ocasiones en las que al final del día acababa sin poder cenar o caminando parte del camino a casa porque estaba corto de efectivo.

Era incómodo aquél momento del día en que, en medio de una plática, reciben un mensaje al celular, lo sacan de su bolsillo y notas que es un iPhone 4.

No era un Game Boy Color, pero causaba el mismo efecto en mí, y me sentía niño de nuevo.

Tomo un respiro y me controlo a mí mismo. Deja de ver al celular.
¿¿??- ¿En qué estábamos?

Al final del día, solo espero haber cambiado lo suficiente y portarme a la altura de mi edad. Solo espero haber madurado lo suficiente como para al menos lucir que no me importa...

4 jul. 2012

Ella se llamaba así

El día en que a ella la conocí estaba perdida, como yo.

Nos encontramos en las escaleras y por alguna razón, rápido intuyó que también estaba extraviado. Se presentó conmigo y nos dimos cuenta que ambos habíamos tocado en el mismo salón de clase. Íbamos hacia el mismo lugar así que resolvimos buscarlo juntos. Estábamos llegando tarde por un par de minutos.

Entre subiendo y bajando escaleras, noté algo que no sé si debía de haberme dado cuenta, o por lo menos tan rápido, tenía un tatuaje en la base de la espalda. Era negro con detalles en rojo, de diseño tribal e iba de lado a lado, naciendo con la simetría de su columna.

Me sentí extraño al verlo salir de entre la apertura de sus ropas, como si hubiese entrado a una habitación de una casa a la que no se supone que estaban bienvenidos los recién llegados. Más tarde me di cuenta que no tenía porqué sentirme así, sin embargo, a veces miro hacia atrás y aún recuerdo aquél sentimiento.

Encontramos por fin el lugar donde debíamos tomar la primer clase de nuestro primer día de Universidad. Era un laboratorio, el color blanco era omnipresente y todas sus sillas ya estaban abarrotadas. Nos sentamos en donde pudimos, eso ayudó a que permaneciéramos juntos, lo cual agradecí para mis adentros.

Era la chica de porte experimentado y en cuya espalda había un tatuaje. No era lo ideal, pero por ahora era lo único que tenía.

Pasaron las horas del día, con ello las presentaciones de las materias con sus profesores y entre cada una de ellas emergieron nuevas personas, todas dotadas de rostros y personalidades nuevas y la chica del tatuaje era la única persona en común entre ellos. Hablaba con ellos con una facilidad envidiable y me empezaba a alegrar el hecho de que fuese lo único que tenía.

Con los días, la chica resultó ser mujer. Una mujer que vivía sola en un pequeño pero cómodo lugar a las afueras de la ciudad. Una independiente que se mantenía así misma con un empleo los fines de semana.

Con las semanas, la mujer creó un sólido grupo de compañeros que compartieron grandes momentos juntos dentro y fuera de clases. Luego, con el tiempo, aquellos compañeros harían su lugar más allá de ella.

Con los meses, la vida de la mujer fue cambiando más allá de lo que pudiese saber. Y tomó decisiones que ha nadie en la vida jamás he vuelto a ver tomar.

Con los años, aparecieron para la mujer oportunidades para volver, así como oportunidades para seguir vagando por el país. De vez en cuando tenía noticias de ella por ahí de parte de las personas que dejó aquí o a través de ella misma en alguna plática rápida por Internet.

A veces, miro sus fotos que aparecen coladas por ahí. Ella ha viajado tanto en tampoco tiempo y creo que ya ha encontrado su lugar en muchos, sin embargo yo sigo en el mismo lugar y creo que sigo igual de perdido a como ella me encontró.