26 may. 2014

Carta Suicida

O "Greetings from the Vita Chamber"

No sé de qué manera yo o Dios allá arriba haya decidido terminar con mi vida. No lo sé. Escribo esta carta con la mayor de las incertidumbres, la de no saber si siquiera si llegaré a ver un mañana. Un nuevo amanecer.

Certezas siempre he tenido pocas, he sido un hombre de muchos errores e inseguridades y eso ha marcado mi vida en más de unas cuantas ocasiones, y quizás, solo quizás, esta vez ya haya sido una más allá de las soportables. Las tomo entre mis manos y las aprieto, se escurren entre ellas, se escapan de entre mis dedos por más que les constriño, y son la única agua que me queda en todo este desierto.

Las únicas certezas que me han quedado ahora son las siguientes.

A mi familia:
Sepan que por más que haya buscado estar solo, por más que haya preferido en la cotidianidad el ensimismamiento de mi habitación, quizás a veces y por sobre ustedes, la compañía de mis amigos y quizás otras veces y más afortunadas, la de alguna mujer; que les quise, los quiero y los querré mucho. Que sin saberlo, quizás vieron mas días malos que buenos alrededor mío desde mi perspectiva, y, sin darse cuenta, los hicieron mas llevaderos, placenteros, compatibles con la vida.

A mis parejas:
Les amé. Les amé a todas y cada una. Quizás salí contigo poco, quizás mucho. Quizás pasamos las veladas más románticas y al mismo tiempo en el aniversario de estas mismas, pasamos las batallas más hórridas. Pero te amé. De manera única, obsesiva y sin igual te amé, independientemente de cual seas, de como seas, de qué tan diferente te veas tú de las demás a las cuales, también les aseguro, amé con la misma fiereza e intensidad.

A mis amigos:
No pude pedir mejor compañía. Mejores hombros, mejores pasos, mejores cantos, mejores mentes y diálogos. Ustedes saben quiénes son y espero no me extrañen mucho, son más interesantes de lo que creen o de lo que saben de sí mismos. Los sé, les vi crecer.

A mis conocidos cordiales:
Solo espero haber sido una persona agradable de observar cruzar por ahí, una con la cual haber intercambiado dos que tres palabras de cuando en cuando y haber contentado minutos, como ustedes lo hicieron con los míos. En el camino a la escuela, a casa, entre pasillos y comidas, las cuales el Universo forzó en un mismo espacio a ocurrir.

Termino de escribir. Me tiembla la mano.

La sangre lleva consigo miedo en forma de sangre, fría y trepidante. Han sido demasiados fantasmas durante tantos años, demasiados ecos en el vacío, demasiados chirridos de puertas descuidadas y azotes de ventanas abiertas.

Suelto la pluma aún tambaleante y volteo a mi alrededor. No hay nada. Se acabó todo.

Termino esta carta, y me doy cuenta que soy dueño por primera vez en mucho tiempo, de una nueva certeza.

Tan bella, como trágica a la vez.

Hoy he decidido morir, pero también quiero que todo día sea el día perfecto para morir.

Quiero todos los días sentir este miedo. Este morir de conciencia, esos instantes de fuga de mi alma. Que en cada momento sea yo y en cada momento me encuentre realizado, pleno. Sin remordimientos ni ataduras de conciencia, de acción ni vergüenzas ni miedos. Y que cada vez que vengan estos sentimientos, muera otra vez y de nuevo y nuevamente, solo para volverlo a intentar y muera una vez más, pero en esta ocasión, satisfecho, libre, con una sonrisa en mi rostro.

Desde ahora y este punto deseo tener esta carta en mi mente al amanecer, y elevarla cual oración a los infinitos. Que sople cual viento sobre mi niebla, que aclare mi visión y despeje los cielos que quiero ver el sol. Quiero que sea un día soleado el día perfecto para morir.