5 mar. 2016

Bukowski y la propuesta indecorosa

Esa temporada trabajé en el periódico a medio tiempo de revisor de notas editoriales y a tiempo completo era carguero de cajas en los hangares de repartición del periódico más grande de la ciudad.

La verdad es que una cosa llevó a la otra. De alguna manera, en una noche había terminado colándome en una de esas fiestas de abolengo, de esas a las cuales solo asiste la corriente intelectual de la ciudad y aquellos afamados emprendedores millonarios que sostienen sus vidas de excesos y estancias en el extranjero, solo para regresar de las Europas con palabras elegantes para temas sencillos así maravillando a sus amos igualmente vacíos.

Entre copa y copa, y seguro a más de una señora refinada incomodé, me fui yendo de círculo en círculo de escolapios apretados y títulos universitarios comprados. Finalmente terminé en el grupo del presidente de prensa y jefe de las editoriales. Era un hombre que no solo era inteligente, a como se supone lo eran sus contra partes, las cuales meneaban sus cigarrillos a medio acabar al son de mambos y música de arpa, sino que realmente era inteligente. Sus ojos eran los únicos que brillaban en el fuego del debate y en el juego de las palabras, y gracias a ellos fue que supe lo que realmente estaba detrás de él y que no se encontraba en nadie más en aquella noche en esa fiesta. Así mismo, fueron esos mismos ojos los que me vieron ahí, entre la multitud. Los únicos que notaron, debido a esa mayor capacidad, que yo no pertenecía allí y que algo había de anormal en mi presencia en aquella fiesta.

Se acercó a mí, y la verdad es en retrospectiva que pienso que me alegra que no hubiese llamado a seguridad, dado a que se encontraba en todo derecho, en su casa y en su fiesta privada, y le dije:
- ¿Qué pasa jefe? ¿Qué un simple monta cargas no puede hermanarse en el calor de la bebida?
El hombre sonrió y rápidamente entablamos una amena plática. Efectivamente nos habíamos hermandado en la bebida. Comunistas, hippies y yuppies volaron en los temas y demás trivialidades de las que se supone su periódico hablaba tan fiel como lo sería, y rezaba el eslógan, "el espejo de una nación". Seguro hubo muchas palabras más, pero las que se quedaron conmigo más allá de la nubosidad de la resaca, y me dieron el empleo, fueron algo en el estilo de:
- A los lectores les gusta sentirse listos sin la necesidad de tener que detener su lectura y buscar en un diccionario (lo que no saben)... el instante en el que lo están buscando solo los hace sentirse insultados. Esos son los periódicos menos vendidos y por lo cual las imprentas independientes y de izquierda se sienten tan abandonados por sus inversores acaudalados. A los escritores de verdad les gusta escribir con ideas; pero a los lectores de verdad (los que pagan por la suscripción cada mes, los que importan) les gusta leer doctrinas.

Creo que el hombre notó en mí mi gran capacidad de detectar tonterías y poder convertirlas en algo digestible. Así pues, llegamos a un acuerdo. Yo tomaría las lecturas de su gran portafolio de intelectuales a manera semanal, y limaría las asperezas para hacerlas mas amables a los ojos de sus tan apreciados lectores, sus lectores de verdad. Ya bajo esa premisa y mi nuevo turbio contrato, no pararía de igual manera de trabajar en las bodegas de repartición del periódico. De igual manera, había contado con ello, no saldría de aquél infernal lugar. Pero el dinero extra no me molestaba. Contaría con una nueva máquina de escribir y todos mis insumos necesarios para la lectura y preparación de las nuevas y políticamente correctas editoriales del periódico con cada nuevo mes, de las cuales tomaría prestado de tanto en tanto para mi discurso personal. Pensé también, conforme llegaran los nuevos cheques a mi puerta, podría por fin cambiarme del pequeño agujero de paredes tambaleantes en el cual me encontraba actualmente.

Inició mi nuevo trabajo. Pasaron las semanas y comenzaron a llegar a mi puerta los cheques extra acompañados de paquetes con las editoriales enteras para su delicado trabajo de maquillaje. Y cada semana era lo mismo. Me destrozaba la espalda en la madrugada con kilos de papel fino, y en la noche me destrozaba los dedos, muñecas y la cabeza con kilos de palabras burdas. Comencé a tomar mas que lo de costumbre. Necesitaba algo de estímulo para cada semana terminar con nuevas ideas para esas mierdas a las cuales llamaban pensamiento intelectual. Gané algo de peso extra y mis ojeras comenzaron a hacerse más notorias. Llegué a considerarme la verdadera mente maestra detrás de aquella sección del periódico. Quizás, y en mi enagenación alcoholizada, y con el paso mismo de los meses me iría convirtiendo yo mismo en "el espejo de una nación".

- Qué espejo tan más fúnebre, ¡jaja!
Reía para mis adentros mientras seguía matando a mi máquina de escribir reluciente, ahogando con palabras suaves pensamientos agudos.

Un día, de entre el correo habitual, llegó una carta extra a las que recibo de manera acostumbrada. La dirección del remitente pertenecía también al correspondiente al periódico, más sin embargo no se parecía a la carta de cheques y definitivamente no era un paquete editorial. Abrí así pues la carta con la misma curiosidad con la que la noté de entre mi correo y decía algo así:

***

- Estimado Henry
Yo sé quién es usted, mas sin embargo yo sé también que usted no sabe quién soy yo. Lo he estado viendo desde aquella fiesta en Hill County, y desde ese día mi mirada y pensamiento no ha dejado de estar lejos de usted. Sabe, sé que usted está detrás de muchas de las argucias las cuales han estado colmando últimamente al periódico. pero también sé que usted es uno, como las decenas, también de las personas que en sus hombros anda cargando filas de diarios cada mañana en el periódico. 

Me tiene intrigado. Es demasiado bajo y luminoso como para la vida allá abajo en los almacenes, pero es demasiado rudo y osco como para la vida acá arriba detrás de las mecanográficas.


Es un misterio, y lo quiero resolver. Me tomé la libertad de tomar su número de entre las oficinas del periódico, espero que no le moleste. Si responde que si a este correo bajo mis indicaciones, yo le contactaré y podríamos agendar una cita en el futuro.

Un saludo a usted, mi intriga de espaldas anchas.

[Firma de lo que efectivamente era una mujer]

***

Terminé de leer la carta y la puse sobre mi pequeño mueble de cama, afirmada bajo el peso de mi último riedel. Pasé la noche sin escribir nada, con la espalda hacia arriba siendo acariciada por el ventilador de techo. Había sido un día particularmente caluroso y la bodega no ayudaba en nada a querer terminar el trabajo. Debido a esto último, para la mañana siguiente tomé la máquina de escribir y varias de las editoriales y me las llevé al trabajo. Terminando de mover el periódico me iría a algún lugar donde nadie me jodiera y me pondría a terminar esto. Un noche menos, como me di cuenta, sin escribir y la remesa entera de una semana se podía ir al demonio.

La mañana llegó y los camiones parecían interminables en su llegada, así como interminables en el hecho de que no parecían llenarse nunca de los condenados periódicos. Terminé por fin y a fuerza de orgullo los lotes y lotes de diarios. En cuanto pude, me lancé a mi casillero. Por la prisa y me alegro de ello, dejé colgado en su palabrería habitual a mi jefe de los cargueros, aquél míster Jones, hombre de bigotes de serrucho y overol permanente. Busqué en el edificio alguna esquina tranquila lejos del rugir de los camiones y el trastabilleo de los diablos de carga y comencé el proceso de lectura-escritura. El fervor del haber previamente movido una monumental cantidad de peso encima debió haberme afectado de alguna manera y en menos de lo previsto ya tenía un par de escritos fuera. Todo sin una gota de vodka. Me sentí orgulloso de mi mismo por un instante y troné mis dedos, aún cálidos de la intensa sesión de mecanografía.

Miré el reloj de pared y me di cuenta que contaba con tiempo de sobra, algo que no tenía ya en mucho rato, lo cual últimadamente me llevó a pensar y dejar volar el testa. Varios temas pasaron por mi mente, recordando así, la última gran plática que tuve, y ebrio para variar, con mi nuevo e inesperado jefe actual. Entre lo poco y lo mucho, aquella carta pasó por mi mente. Y si, efectivamente, el ocio es la madre de todos los vicios. Con mis dedos, que permanecían con ritmo, comencé a escribir mi respuesta:

***

Estimado/a desconocido/a
(Aún jugando con la idea de no saber de qué se trataba)

Si usted se mantiene en intriga, déjeme hacerle saber que usted me tiene a mí aún más en ascuas, ¿quién es usted y por qué me ha seguido estas semanas? ¿está segura que soy yo lo que que cree que soy? ¿o que soy yo lo que usted cree? La verdad es que quizás yo no sea lo que usted cree que soy y yo creo que usted es lo que yo creo que usted es.

Ya terminemos pues y entonces con estos jugueteos de jardín de infantes para que usted atienda lo suyo y yo siga con lo mío. 

Esto quiere decir que si, y si así usted lo desea, llámeme. Llámeme y desiluciónese de lo que tenga que desilusionarse que yo reafirmaré lo que ahora mismo estoy afirmando.

Un saludo, su desesperado de hombros encogidos

[Aquí firmé con una equis (X) emulando su formato]

***

Terminé la carta y la dejé en manos del sistema de correo interno del periódico. El día transcurrió y de camino a casa compré un nuevo juego de cristalería para celebrar mi maratón de escritura. En la fiesta personal, se rompieron unos 4 vasos, pero hasta el día de hoy, le sobreviven unos 8 en la alacena. Creo.