2 abr. 2016

Carreras de galgos

Hace ya algo de tiempo, un día raro de esos en los que me sobraba dinero y ansiedad, decidí ir quemarlos yéndome a uno de esos bares a los que solía visitar antes de que obtuviera el trabajo en el periódico. Terminé entrando en el "Bob's hole". Nombre apropiado, porque parecía estar ubicado en el culo maloliente de algún obrero cuello quemado de clase media. La verdad es que se llamaba así porque estaba ubicado en el sótano de un complejo de apartamentos, pero mi versión de la historia me gustaba más. Escogí ese bar porque su giro punk, oscuro, liberal y todas esas corrientes que los jóvenes populares contra-cultura tienen de moda actualmente, así que probablemente no tendría que golpear mi camino fuera del bar ya que termine de embriagarme.

Bajo las escaleras y me adentro en el culo de Bob. Mesas desperdigadas por todo el lugar con sillas tambaleantes y una barra hacia el fondo, todo en madera de un barnizado oscuro que absorbe lo poco que entra de luz. Un hippie malencarado atiende la barra del lugar. Jamás supe su nombre o el porqué de su mal gesto. Quizás cuando la guerra termine, será cuando lo vea contento. Veo un montón de jóvenes. Están inflados de pensamientos e ideales más grandes que ellos mismos y el alcohol les afecta rápidamente. El hippie y yo somos las personas más viejas del lugar. Cada quién se encuentra en sus asuntos; liando porros, leyendo y escribiendo poesía, y lo único que me molesta es la pretenciosa música de fondo, pero nada que el murmullo del alcohol barato no pudiera apaciguar.

Me senté en la barra y pedí al hippie mi primera botella de Mustang oscura. Las rondas comenzaron a volar. Traté de hablar con el hombre pero no me pareció ser del tipo al que le guste entablar conversaciones largas, así que desistí y me concentré en mi siguiente botella. El hombre se alejó de mí para atender a otro grupo de chicos.

La música de sinsentidos de saxofón y ácidos solos de guitarra había comenzado a desaparecer cuando algo de momento terminó con mi trance espirituoso.
- Hey...
- ¿Disculpa?
- ¿Quieres experimentar algo, pop pop?- Era una joven que no parecía haber nunca conocido el sol y apenas haber alcanzado la mayoría de edad.. Una pequeña de contrastante cabello y cejas oscuras y expansiones en cada oreja. Toda cubierta en ropas y mallas negras que llevaba un pequeño morral de mimbre tejido.
- ¡Ja! No estoy interesado en lo que vendas. Guárdalo. Lo que sea que tengas, ya lo conocí, y lo que sea que creas que tienes de nuevo, ya lo viví.
- Pareces estar muy seguro de ello, ¿lo crees así porque eres el más viejo del lugar?- Miré a mi alrededor y verifiqué que efectivamente era el hombre más viejo del lugar, eso sin contar al hippie dueño del bar, pero efectivamente era el sujeto más anciano del lugar o aparentaba serlo.
- Mira, -dije en tono paternal, ya que para mí, la chica no parecía ser una usuaria habitual- esas cosas que tienes ahí son ilegales. Qué tal si terminas con esto y haces algo de provecho... ¡diablos! Zámpate todas de una vez y involúcrate en otros asuntos.
- No eres mi padre.- Soltando una sonrisa un poco irónica.- Sabes... me agradas.
Tomó un lugar a lado mío en la barra. Pedí una cerveza extra esta vez y le guiñé el ojo. Ella la tomó de la barra y comenzó a beber. Hablamos durante varias horas. Su nombre era Catherine, pero le gustaba que le dijeran "Cat" y solo vendía drogas por diversión y dinero extra. Trabajaba en una florería en el centro en las mañanas.
- Bueno, mi buena acción del día termina... diviértete.- Pagué mi cuenta junto con la suya y me levanté de mi incómoda silla.
- Espera, ¿eso es todo? ¿te irás así cómo así?
- ¿Qué esperas? Dijiste que no soy tu padre. Cuídate, y no te preocupes, no voy a denunciarte.
- Espera, ¿qué harás después? Es medianoche apenas... la noche es joven.
- ¿Y? ¿No se supone tienes un trabajo?
- El negocio es de mi tía abuela, puedo llegar un poco tarde. Jamás sería despedida...
- ¿Confías en ello?
- Si. Mi familia quiere que haga algo de provecho y como no estoy interesada en casarme todavía pues...
- Por supuesto.
- Entonces, ¿qué dices, eh? Quiero saber como se divierten los viejos.
- Bailan danzón y alimentan a las palomas en la plaza. Hasta luego.
- ¡No! Pero los viejos raros... los viejos como tú. Esos que van a los bares en medio de la noche y tienen gesto de los mil diablos.- Tomó de mi mano con sus pequeñas pinzas y me dio una mirada rápida de angustia y tristeza.- Además, no dejarías que una chica como yo ande por ahí en la calle a estas horas. Sola... en las peligrosas avenidas del centro.
- ... toma tus cosas. Ya saldrá algo pues.

Salimos del bar. La noche era de un cielo despejado, sin embargo de pocas estrellas. El neón ahogaba toda fuente de luz natural y hasta la luna parecía estar tímida de mostrar su pálido rostro. Ella aún llevaba su morral y me preocupaba algún chequeo repentino o alguna visita inesperada.
- ¡Hey! ¡¿En cuánto tienes a la señorita?!
- ¿Qué dice aquél ebrio?
- Nada que pueda interesarte, espero.
- ¿Qué pasa grandote? ¿Le temes a la noche?
- Tú solo camina.

Dejamos de lado el distrito rojo y sus edificios de departamentos y me tranquilicé más. A pasos rápidos le siguieron otros más cortos y relajados. Me encontré a un viejo conocido del servicio militar al doblar una esquina, a los alrededores de la estación de autobuses. Era un montacarguistas del periódico, con el cual recuerdo haber hablado varias veces en almuerzos o descansos, seguro terminó por aquí debido a los eventos de la huelga y el posterior recorte general de personal.
- Marcus, ¿qué te has hecho?
A decir verdad, no le quise responder que seguía en el periódico. Era de esos hombres idealistas que venían acompañados de una gran hiperactividad. Aún confiaba en el sistema, por eso se unió a la huelga. Decirle que aún seguía trabajando para ellos sería como aceptar que soy parte del sistema, lo cual en parte era cierto. Pero sobrevivir era sobrevivir.
- Ya sabes, algo de esto. Un poco de aquello. Son tiempos duros.
- Lo sé, lo sé, ¿y sabes por qué lo sé? Porque somos luchadores. Abriéndonos paso en cada oportunidad. Ruñendo hasta los juegos y agotándonos los dedos. Son tiempos así los que generan guerreros como nosotros. Hey, ¿quién es esta jovencita tan linda que te acompaña?
- Ah, su nombre es Cather...
- Mi nombre es Cat.- interrumpiendo.
- Puedes llamarme Carlton. Carl si así lo deseas. ¿Qué haces a lado de mi anteriormente compañero en la lucha?
- Quiero saber como se divierten los grandes.
- Ah, pues diversión... por aquí tenemos mucho de eso. Síganme, adelante. Quizás les interese algo de lo que tenemos por aquí.
Cat me miró y señaló de reojo a Carlton. Tomé eso como una afirmativa y seguimos a Carlton a lo que sea que fuese lo que el llama como diversión.

Entramos a un edificio de ladrillos rojos de aspecto abandonado. Ya adentro noté que si vivía gente ahí, pero más bien eran vagabundos aprovechando el techo sólido para pasar la noche y uno que otro departamento que efectivamente era una vivienda formal. Tenía un patio central rectangular con una fuentecilla en medio. Los alrededores de esta se encontraba cercados, marcando un doble perímetro, uno más pequeño que el otro, entre los pasillos del edificio y el centro del patio. En los pasillos, una veintena de personas se encontraba esparcida observando hacia el centro. Parecían estar esperando algo. Ladridos se escucharon de fondo.
- ¿Qué sucede?
- Ya vienen nuestros participantes de esta noche.
Una rejilla en uno de los extremos del patio se abrió. Eran 7 perros delgados, de colores grises y pardos que salieron de ella y ahora se encontraba en la línea de salida.
- ¡Pobres pequeños! ¿Qué les hacen?- Incrédulamente preguntó Catherine.
- ¿Esos pobres diablos rescatados de la calle? Los cuidamos, tratamos bien. Les damos de comer bajo un techo donde no les harán nada malo.- Fue respondida.
- Uhm... ¿y se hace buen dinero?
- Se sobrevive, si eso es lo que preguntas. Cuidar a poco más de 20 perros no es tan sencillo realmente- comentó entre sonrisas-. Más si los tratas tan bien como yo lo hago. Hasta parece que los malditos tienen sindicato, ¡jaja!
- Claro.- Porque todo se remitía al final a ello.
- Entonces, ¿se apuntan?
- ¿Algún consejo antes de iniciar?
- Observa su mirada. Algunos tienen la mirada de un campeón tatuada en el rostro.
- Por supuesto.

Miré a los perros y los vi como perros normales, cualquiera. Efectivamente se veían bien alimentados. Ninguna especie en especial, nada fuera de lo usual. Lenguas colgando, cuatro patas y una cola que iba de lado a lado. Aposté en la primera vuelta por el corredor bajo el número 4, cuyos ojos de venas saltadas llamaron mi atención, siguiendo las palabras de Carlton. Me puse cómodo en una silla plástica plegable. Cat me siguió y se sentó a mi lado. No parecía estar tan de acuerdo con el espectáculo por el dejo de angustia que su rostro reflejaba, pero la seguridad con la que se nos habían explicado el giro la dejó menos ansiosa.
- Así que, ¿esto es lo que haces en las noches? ¿sentarte y ver un montón de perros correr en círculos?
- Estabas ahí cuando el hombre dijo que no me había visto en meses... esto es nuevo, tanto como para ti, como para mí.
- Apostar con la vida... no me agrada la idea.
- ¿Tomar drogas no es a veces lo mismo?
- No lo entiendes.
La carrera inició bajo el imperceptible timbre de un silbato. Los corredores se cargaron a uno de los lados de la pista para acortar distancia y así recorrieron galopando a toda velocidad la pista. Ya tenían todo el asunto dominado. Este giro seguro debe tener ya varios meses. La carrera acabó y, como magia, BigJim, el número 4 había ganado en una combinación de gritos desesperados y de júbilo. Reclamé mi botín y di una vuelta rápida para revisar a los siguientes corredores y aposté de nuevo bajo la regla de Carlton.  Regresaba a mi silla cuando de camino noté que Cat ya no estaba sentada. O en el edificio en lo absoluto. Revisé varias partes del lugar, caminé todo los pasillos y alrededores pero no hubo rastro de ella, así que decidí salir a revisar fuera. Tomé mis cosas y me dirigí a la puerta. No me encontraba ni a mitad de salir del lugar cuando anunciaron al nuevo ganador. Era Furious D, el número 2, y de nuevo había salido victorioso.

Decidí mandar al diablo a aquella mujer y regresé por mi botín. Llevaba 8 verdes ya en la bolsa y parecía que la noche solo iba a mejorar desde ahí. Volví a tomar mi asiento, no sin antes agradecer de paso a mi nuevo mejor amigo, Carl, por el juego y el truco.
- ¿Teniendo una buena racha?
- Gracias por la invitación. Te has armado un buen espectáculo.
- Y a ti gracias por el cumplido. Algo de entretenimiento sano para estos pobres diablos no les cae nada mal, sobre todo en tiempos como estos.
- ¿No has visto a Cat por aquí?
- ¿Perdiste tu cita? Lo lamento, pero si. Recuerdo haberla visto caminar a la salida hace ya algo de tiempo. No te preocupes. Estará bien... parece el tipo de chica que sabe cuidarse.
- Supongo.
Ya en mi asiento, noté sobre el hombro, a un hombre a lo lejos. Con su mirada me había seguido desde que cobré mi segunda ganancia hasta haberme sentado. Tomé mis precauciones y pregunté por los baños. Ya adentro, aproveché para pegar una meada. Miré que no hubiese nadie dentro y tomé parte del dinero escondiéndolo en el zapato por si terminaba golpeando mi camino fuera. Era como en los viejos tiempos. Esperé hasta que anunciaran al ganador.

El número 2, Snobby, había quedado en primer lugar, y a mi me tocaba recoger otros 30. Pasé a la caja, que no era mas que la ventana de uno de los departamentos mas sin vidrio y un hombre cobrando, y eché un vistazo rápido. Ahí estaba aquél hombre recargado en una de las paredes. Mirando como me llevaba parte de lo que probablemente era su salario. Sonreí un poco, solo para añadirle sal a su herida e ignorándole con la mirada, sin embargo sabía que él estaría observando. Decidí no sentarme en donde me estaba quedando y tomar otro lugar más lejos de todo eso pero primero pasé al baño a dar otro depósito. El proceso de rutina y ya estaba a punto de irme cuando:
- Hey, forastero...
- Disculpa.- Era aquél hombre.
- Aquí no nos gustan los forasteros.
- Hermano, ¿ya viste este agujero? Aquí a nadie le gusta nadie.
- Sé que tú sabes algo.
- ¿Como qué cosas?
- Aquí nadie viene así como así y comienza a ganar una tras otra tras otra tras otra vez.
- ¿Quién sabe? Quizás es mi noche de suerte, ¿no lo crees?
- Pues yo no he tenido alguna de esas "noches de suerte" en semanas... y vengo aquí todas las noches... estudio a los animales. Los veo, casi tengo mi sistema... y luego tú vienes y ganas y ganas y ganas.
- Solo han sido 3 o 4 veces, ¿sabes?- Pero lo cierto es que, en su paranoia, tenía razón. Lo que yo tenía no era una noche de suerte.
- Te vi hablar con Hombre-trajeado. Él hace girar a los perros... así que no digas que no sabes, que si sabes.
- Deja de joder.- Salí del baño. Justo abrí la puerta, lo sentí como un escopetazo. El hombre me soltó una patada en la base de la espalda y de inmediato caí como un saco al suelo. El hombre comenzó a hurgar en mi pantalón y me tomó la billetera.
- Hijo de la...- Le solté uno recto en la quijada y su boca soltó una llovizna roja. El viejo cayó al piso temblando al momento que sirenas, azul y rojo, inundaron el ambiente.
- ¡Atención!¡Quédense en donde están! Esta es una redada. El edificio está rodeado.
Maldición. Lo que me faltaba.

Los perros comenzaron a ladrar y muchos corrieron a las salidas del edificio solo para encontrarse con una zona custodiada por autos de policía. Me pregunto si alguien realmente pudo haber escapado de eso. Bajé mi mirada y vi al hombre, temblando, pero consciente. Creo que se me pasó la mano, pero él inicio. Lo senté en una de las sillas plegables, lavé mi puño y me alejé de él lo más posible. Si tendría cargos, solo serían por apostar clandestinamente. Policías entraron y a punta de pistola metieron en patrullas a todo aquél que encontraban. Salí por mi propia mano del edificio y me acerqué a una de los coches.
- ¿Tengo que meterme allí dentro?
- Si señor. Está usted bajo arresto.
- ¿Bajo qué delito?
- Apuesta ilegal, promoción de la inmoralidad, alteración del orden público... crueldad animal.
- Por supuesto. Ok.
Subí la patrulla y creo que por haberme portado bien me tocó a solas en la caja del auto. Eso me alegró pero me hubiese gustado más haber visto a Carlton una última vez y ver su reacción ante el hombre tomando de nuevo el fruto de sus esfuerzos. Me pregunto que le habrá pasado. Quizás él hubiese sabido como zafarse de esa.

Terminó la redada y las patrullas estaban llenas de lo peor de la ciudad así que emprendieron camino a la jefatura de policía. Me encontraba sentado, siendo llevado de un lado al otro por la inercia del viaje pero en un momento de lucidez me di cuenta que no llevaba esposas, para variar, así que me puse lo más cómodo posible.
- Hey, ¿y si me dejas ir?
- No será posible señor. Tengo que llevarlo a la jefatura.
- ¿No hay manera de que me libere? Tengo que trabajar mañana.- Y es verdad que tenía trabajo mañana, pero muy probablemente despertaría con un dolor infernal dolor de espalda, así que de igual manera muy probablemente me reportaría enfermo.
- No lo creo señor. No insista.- Y me cerró la ventanilla.
Pensaba en que cada segundo que pasaba, mas me acercaba a la jefatura y a un par de noches que perdería en el trabajo. Se me acumularía el papeleo y mínimo serían 2 noches sin dormir para terminar. El dolor de espalda comenzaba a sentirse y solo quería salirme de allí.
- Hey, acá de nuevo.- Toqué a la ventanilla. El policía volteó al retrovisor y al reflejo agité parte de la ganancia de esa noche. Me dolería, pero en ese momento era una buena inversión. El policía bajó la mirada y siguió conduciendo.

Después de rato el auto en lo que parecía ser un área algo despoblada a las afueras de la ciudad le auto se fue deteniendo. Ya bajo de un puente, en un camino paralelo al río, la puerta se abrió de par en par y ahí estaba el oficial.
- Está bien señor... pero nada de juegos raros, ¿si?- El chico parecía agitado y me estaba apuntando con su arma, así que procedí a responderle lo mas tranquilo posible. Sabía que estaba haciendo algo malo y me dolía un poco el corromperlo, pero pronto mi dolor de espalda, el trabajo y demás tragedias me hicieron olvidar ese pensamiento.
- Mira, el dinero es tuyo si me dejas ir, ¿cierto?- Poniendo ambas manos arriba.
- Cierto.
- Ok. Solo me bajaré. Y caminaré hacia la puerta.
- Si.
- Y... aquí... estamos.- Ya con los ambos pies en tierra.- Tu dinero está allá adentro, en la esquina.- Y le señalé la caja del auto.
- ¿Cómo sé que no me encerrarás estando dentro por el dinero?
- ¿Cómo sabía que no me quitarías el dinero y luego me acusarías por soborno?
- Cierto.
- Ok. Vamos a hacerlo.
El hombre subió torpemente a la caja apoyándose en una sola mano sin dejar de quitarme la vista de encima ni la punta de su arma, arrastrándose hacia el dinero. Me hubiese quedado más tiempo viendo aquél espectáculo pero recordé que tenía que huir. Miré a lo lejos unos árboles y matorrales espesos que tenían una vereda y corrí hacia ellos.

Para la madrugada de esa noche, y como pude, después de un largo viaje por fin estaba en casa. Apenas y abrí la puerta y el dolor de espalda me derribó al instante. Para la mañana siguiente estaba crudo, cansado y con la espalda hecha polvo pero, y a pesar de todo, en mis zapatos tenía algo de dinero extra.